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Comunidades campesinas han aprendido a apoyarse en la información científica para prevenir desastres y evitar la pérdida de sus cultivos y actividades pecuarias. Foto: cortesía Daniela Arce / CIAT

Por: Antonio Paz Cardona

Durante generaciones, los agricultores, pescadores y comunidades indígenas de América Latina gestionaron sus territorios observando la naturaleza. En San Blas, una parroquia de la provincia ecuatoriana de Imbabura, bastaba con mirar la luna o con interpretar las variaciones de los primeros días de enero para pronosticar el tiempo del resto del año, a través de las tradicionales “cabañuelas”. 

Sin embargo, el calentamiento global ha roto las reglas del juego. Cuando era niña, la lideresa indígena wichí Norma Rodríguez, en el Chaco argentino, se apoyaba en las palabras de su abuela para saber si venía la lluvia o la sequía. Su pronóstico, recuerda, no fallaba. Viendo el cielo o a partir de la dirección del viento podía anticipar lo inminente. “Ahora eso no es posible, cambió mucho el clima”, comenta.

Que la crisis climática ocupe titulares en los medios de comunicación y en las agendas políticas tardó décadas de esfuerzo. El debate global solía concentrarse  en los grandes salones de conferencias internacionales, donde se hablaba de proyecciones a largo plazo, del uso de sofisticadas redes de monitoreo satelital y modelos matemáticos que parecían abstractos. Mientras tanto, en el territorio, las tragedias vinculadas al cambio climático cobran ya varias víctimas. 

Los efectos de un clima cambiante, y a ratos violento, va dejando una huella imborrable en los países, departamentos, municipios y comunidades donde se ha vuelto común ver bosques arrasados por el fuego, redes de pesca vacías, ríos que se desbordan en mitad de la noche y cultivos ahogados en grandes cantidades de lodo. 

El Informe mundial sobre el desplazamiento interno 2025 menciona que al menos 1.7 millones de nuevos desplazamientos internos por desastres se registraron en 2024 sólo en Brasil, Cuba, Colombia, Haití y Ecuador. Una parte importante de estos desplazamientos está asociada a amenazas meteorológicas e hidrológicas —inundaciones, lluvias extremas, tormentas, huracanes, incendios y sequías— cuya intensidad, frecuencia e impactos están siendo agravados por el calentamiento global.

De hecho, la Organización Meteorológica Mundial (OMM) registró que en 2024, la temperatura alcanzó los 1.55 °C, la máxima observada en 175 años. La cifra sobrepasa por primera vez el límite recomendado por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC, por sus siglas en inglés).

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Obtener sus propios datos microclimáticos les ha permitido a varias comunidades locales de Latinoamérica tomar mejores decisiones para proteger sus cultivos de sequías, inundaciones y heladas. Foto: cortesía Daniela Arce / CIAT

El mundo también está en alerta por el fenómeno de El Niño que se acerca a su etapa más intensa en el último trimestre de 2026 y el primer trimestre de 2027. Aunque El Niño no es producto del cambio climático, cada episodio ocurre sobre una atmósfera y un océano más cálidos. Según la OMM, ese trasfondo puede intensificar las sequías, las precipitaciones extremas y las inundaciones.

Asunción Martínez, investigadora de la Unidad Ecológica Salvadoreña (UNES) que trabaja con la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario en Ahuachapán Sur, El Salvador, asegura que el mayor problema para las comunidades es que la crisis climática no les da tiempo de recuperarse de los daños y pérdidas de un evento, pues inmediatamente llega uno nuevo. “No terminamos de recuperarnos de un evento extremo, como sequía o precipitaciones, cuando ya viene otra situación que desencadena otras problemáticas», dice. 

Es por eso que muchas comunidades latinoamericanas decidieron apropiarse de la información científica climática, que antes veían lejana, para aplicarla en sus territorios. 

En este especial periodístico, Mongabay Latam, Agencia Ocote, Mala Yerba y Revista Nómadas presenta seis historias de comunidades rurales, indígenas, pesqueras y campesinas de México, Guatemala, El Salvador, Ecuador, Bolivia y Argentina que han decidido tomar el control de su destino apropiándose de la tecnología y de los datos científicos para construir, desde lo local, su propia resiliencia.

Jóvenes k’iche’ en Totonicapán, Guatemala, operan estaciones meteorológicas comunitarias; mujeres salvadoreñas miden la lluvia en Ahuachapán Sur para salvar vidas y pescadores en el estado mexicano de Quintana Roo usan la bioacústica para «espiar» peces en peligro de extinción que han transformado su comportamiento y reproducción con el cambio del clima. Todos estos ejemplos son un reflejo de cómo la información científica ha dejado de ser un indicador olvidado para convertirse en una herramienta esencial para las comunidades que deciden tomar acción y aplicarla en su vida cotidiana.

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Las monitoras climáticas de Ahuachapán, en El Salvador, se están fortaleciendo con estaciones meteorológicas automatizadas que les permitirán tener datos más certeros de la precipitación, temperatura, humedad, viento, presión atmosférica y radiación solar. Foto: Alexander López

«La información que no es apropiada, que no es utilizada, es una información inerte», señala con contundencia Deissy Martínez, líder regional de Acción Climática en América Latina y el Caribe de la Alianza Bioversity International y el Centro Internacional de Agricultura Tropical (CIAT), una organización de investigación global que genera soluciones científicas para transformar los sistemas alimentarios y proteger la biodiversidad del planeta. 

El valor real de un dato de lluvia o de temperatura no radica en el servidor donde se almacena, sino en la capacidad de las personas en territorio para interpretarlo, cuestionarlo y transformarlo en una decisión que reduzca sus riesgos o mejore el uso de sus recursos naturales. 

La necesidad de tener disponibles datos locales se debe a que las variables climáticas —especialmente las lluvias — son sumamente cambiantes. Como explica Pier Maquilón, desarrollador de Servicios Climáticos y Coordinador de la Red Volunclima en el Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN), «la precipitación es una variable que varía mucho en tiempo y espacio. Puede estar lloviendo ahora torrencialmente y 500 metros más adelante estar seco». 

Los servicios meteorológicos nacionales ofrecen pronósticos de escala regional o macro que resultan insuficientes para comprender estos microclimas. Las seis  historias que forman parte de esta serie revelan cuán importante es disponer de mediciones en el sitio mismo para tomar decisiones agrícolas o de gestión de riesgos sustentadas en información real, aterrizada e inmediata.

Por ejemplo, en la pequeña comunidad de Peniel, conformada por apenas nueve familias en un corredor forestal de altísimo riesgo de incendios en la Chiquitanía de Bolivia, los habitantes construyeron una estación meteorológica artesanal. Con planillas físicas y un anemómetro portátil miden diariamente la velocidad del viento, la humedad y la temperatura al mediodía. Estos datos alimentan un tablero de madera pintado a mano con cinco colores. Si la aguja de lo que han denominado «riesgómetro» marca naranja o rojo, la prohibición de encender fuego es absoluta. De este modo, los datos meteorológicos rigen el calendario comunal de quema y han reducido drásticamente los incendios que amenazan con propagarse hacia la reserva Ñembi Guasu.

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Emmanuel Weber y Angélica Rivera controlan el tablero del “riesgómetro” de la comunidad de Peniel, Bolivia. Foto: Clovis de la Jaille

En Ecuador, la Prefectura de Imbabura, con el apoyo del Programa Mundial de Alimentos, capacitó a técnicos locales para traducir los complejos mapas de color del Instituto Nacional de Meteorología e Hidrología (Inamhi). El técnico Vinicio Fuentes no se conformó con enviar imágenes estáticas y comenzó a producir videos animados interactivos de corta duración que explican los pronósticos de lluvia cada tres días. Posteriormente, crearon a «Nuna» (que significa «alma» o «energía vital» en kichwa), un chatbot de WhatsApp con la apariencia del personaje tradicional del diablo huma, que responde consultas directas de los agricultores sobre el clima, el suelo y el calendario lunar.

La información climática ha sido útil también para los pescadores en el golfo de México. En la Reserva de la Biosfera Sian Ka’an, la cooperativa pesquera Vigía Chico creó su propio Centro Comunitario de Investigación y Monitoreo Submarino (CECIMS). Para proteger al mero del Caribe —en peligro crítico de extinción y altamente vulnerable durante su época reproductiva—, los pescadores instalaron hidrófonos en el fondo marino para grabar los ruidos y vocalizaciones de cortejo de los peces, pues notaron que el aumento de temperatura del agua estaba alterando su comportamiento habitual en el océano. Aliados con investigadores de Florida, desarrollaron un algoritmo que aísla el rugido grave del mero. Con estas gráficas acústicas, los buzos monitores pudieron comprobar con precisión cuándo y dónde se están congregando los peces para reproducirse, decidiendo así la vigencia y efectividad de sus Zonas de Refugio Pesquero.

«Al principio no nos tomaban en cuenta», dice Magdiel ‘Mako’ Naal, buzo y monitor comunitario del CECIMS. «Ya empezamos a mostrarles [a los directivos de las cooperativas pesqueras] lo que hacemos. Ahora ellos nos preguntan: ‘¿cuántos meros viste?’. Nosotros les presentamos lo que vemos, lo que escuchamos, lo que pasa. Con esa información los directivos dicen: ‘okey, [están funcionando las zonas de refugio pesquero] vamos a renovar'». 

Obtener el dato preciso y local se ha convertido en una verdadera necesidad. La Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres (UNDRR, por sus siglas en inglés) menciona en su Informe de Evaluación Regional sobre el Riesgo de Desastres en América Latina y el Caribe 2024 que el 83 % de los desastres regionales corresponden a amenazas relacionadas con el clima. Sin embargo, la mayor parte del presupuesto que los países de la región destinan a gestión de riesgos se ejecuta atendiendo las emergencias una vez que ocurren. Sólo el 6 % se dirige a prevenir riesgos futuros y únicamente el 16 % va para la reducción de los riesgos ya presentes.

Varios países de la región se encuentran entre los más vulnerables a los efectos del cambio climático. El índice INFORM Risk 2024, desarrollado por la Oficina de las Naciones Unidas para la Coordinación de Asuntos Humanitarios para la Comisión Europea, analiza amenazas, exposición, vulnerabilidad y carencia de capacidad de respuesta por parte de los estados. Con base en esa información determinó que Haití, Colombia, Guatemala, México, Honduras y Perú son los países con el riesgo más alto.

A ese complejo panorama se suman las decisiones políticas que en muchos casos no tienen en cuenta la crisis climática. Por ejemplo, mientras la OMM documentaba incendios, sequías, lluvias extremas y el 2024 como el año más cálido, el gobierno de Javier Milei ordenó retirar a la delegación argentina de la COP29 de cambio climático y redujo la jerarquía de la autoridad ambiental en el país, pasándola de ministerio a subsecretaría.

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En 2024, Guanay, Bolivia, quedó afectada por las inundaciones. Foto: vecinos de Guanay. 

El éxito de la precisión milimétrica

Cuando una comunidad logra apropiarse del dato científico, el impacto en su calidad de vida y seguridad alimentaria es directo. Deissy Martínez lo deja claro con un ejemplo. Un proyecto de cooperación internacional llegó a una comunidad de la zona rural de Popayán, Colombia, con la intención de donar semillas y plántulas de pimentón o pimiento. En lugar de aceptar el recurso a ciegas, como solía ocurrir históricamente, los líderes comunitarios empoderados por su formación climática preguntaron: «Dígame, ¿cuál es el requerimiento hídrico de esa planta para ver si nos sirve?». Al constatar que la semilla requería más agua de la que históricamente caía en la zona, la comunidad rechazó la ayuda amablemente, evitando perder su tiempo, dinero y degradar sus suelos en un cultivo condenado al fracaso. 

«Quedaron asombrados porque decían: ‘¿Cómo así? Venimos a ayudarles y nos rechazan la ayuda’. Pero ese es el tipo de decisiones que se empiezan a tomar», destaca Martínez.

El uso de datos climáticos también permite optimizar recursos a nivel micro. Muchos agricultores de países andinos que forman parte de Volunclima —iniciativa de ciencia ciudadana gestionada por el Centro Internacional para la Investigación del Fenómeno de El Niño (CIIFEN) que recopila datos a través de una red de observadores voluntarios— utilizan la medición de lluvias diarias para decidir si riegan o no sus cultivos, ahorrando miles de litros de agua y horas de trabajo físico. 

El éxito no se mide sólo en la salud de los cultivos. La apropiación del dato climático se traduce en la diferencia entre la vida y la muerte. En Ahuachapán Sur, El Salvador, un grupo de 19 personas —en su mayoría mujeres campesinas— opera la Red de Monitoreo Hidroclimático Comunitario con pluviómetros manuales en las cuencas de los ríos Paz y Cara Sucia. Durante el paso de la tormenta tropical Julia en octubre de 2022, la monitora Sara García registró más de seis horas de lluvias intensas y continuas en la parte alta. De inmediato emitió una alerta temprana vía WhatsApp hacia las monitoras de las cuencas bajas. Gracias a este aviso comunitario, las familias vulnerables de la desembocadura fueron evacuadas de emergencia. Dos horas más tarde, los ríos se desbordaron con furia e inundaron las viviendas, pero no se perdió una sola vida humana. 

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Mujeres de Ahuachapán Sur comparten sus experiencias trabajando con los instrumentos hidroclimáticos. Foto: cortesía de UNES

Lo mismo ocurre en el Gran Chaco argentino, donde la red trinacional Alertas Pilcomayo utiliza reportes meteorológicos y mapas de riesgo para movilizar el ganado y evacuar parajes aislados antes de que las crecidas repentinas arrasen con sus medios de subsistencia.

En el contexto pesquero, la información local ha revelado cómo algunas políticas públicas centralizadas están desfasadas. Stuart Fulton, director de Desarrollo de Comunidad y Biodiversidad A.C. (COBI) en México, explica cómo las vedas de pesca establecidas por los gobiernos nacionales suelen ser estáticas y basarse en datos de hace varias décadas. Los pescadores, por el contrario, han buscado adaptarse al cambio. Al registrar que las temperaturas del agua están cambiando y calentándose más temprano en el año debido al cambio climático, utilizan sus sensores para modificar de forma autónoma sus temporadas de captura, asegurando el descanso reproductivo de las especies. Es lo que ocurre en Punta Allen, donde los datos acústicos han evidenciado que la veda del mero del Caribe dictada por el gobierno federal mexicano está completamente desfasada de la temporada real de desove del pez.

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El mero del Caribe desova en una franja de temperatura que ronda entre los 26.9 y 27.7 °C. Foto: Cortesía Cristina Limonta

A pesar de estos avances, lo que los académicos citan como “democratización del conocimiento climático” es todavía un proceso incompleto.

Los expertos que trabajan con las comunidades que intentan darle utilidad cotidiana a la información generada por la ciencia reconocen que, durante décadas, la academia adoptó la tarea de «educar» al agricultor que no sabe. En ese sentido, el flujo de datos era vertical y unidireccional. Los investigadores entraban al territorio, extraían los datos y se marchaban. 

«El proceso normal es que los académicos toman datos, incluso con ayuda de la comunidad, se van con ellos, pero los analizan fuera de la comunidad y luego regresan meses después», dice Fulton. El obstáculo, comenta, es que cuando la información regresa procesada, ya no resulta de utilidad para tomar decisiones del día a día. “La comunidad pregunta: ‘¿Qué pasó con los datos que tomamos?’… Hay que hacer más corto ese periodo entre el registro de la información y el momento de usarla”.

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Mujer revisa el pluviómetro después de una jornada de lluvias. Foto: cortesía Daniela Arce / CIAT

El camino para que las comunidades se apropien del dato científico no está exento de obstáculos. «Los desafíos no son científicos ni metodológicos. Los desafíos son políticos y culturales», advierte Noelia Carrasco, investigadora del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2) en Chile, señalando que los entornos científicos y académicos tradicionales suelen ser muchas veces reacios a validar cualquier conocimiento que escape a los métodos rigurosos de observación.

Además, no se trata únicamente de que las comunidades adopten de forma pasiva lo que los científicos les dicen. Carrasco va más allá y plantea la urgencia de un «diálogo de saberes y encuentros entre sistemas de datos». Para ella, «es importante que a las comunidades se les reconozca que generan sus propios datos climáticos» a través de observaciones sistemáticas de sus entornos, sin depender exclusivamente de las herramientas convencionales de la ciencia occidental.

Deissy Martínez considera que se requiere un esfuerzo por parte de la academia para validar científicamente el conocimiento empírico tradicional. Según dice, cuando el cambio climático desafía las prácticas tradicionales, la respuesta no es desechar el saber ancestral, sino propiciar un diálogo metodológico basado en la evidencia. Por ejemplo, realizar siembras experimentales lado a lado («testigos») para comparar de forma rigurosa los rendimientos entre el manejo convencional del cultivo y las recomendaciones derivadas de boletines agroclimáticos.

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Diversos proyectos climáticos buscan el diálogo entre el saber tradicional y el conocimiento científico. Foto: cortesía Daniela Arce / CIAT

A esto se suman las dificultades logísticas y tecnológicas. Los monitoreos comunitarios suelen implementarse en zonas remotas y de difícil acceso, donde las redes estatales de observación meteorológica son nulas o deficientes. En estos lugares, la conectividad es intermitente y los recursos financieros y de equipamiento son limitados. 

La falta de señal telefónica e internet impide la descarga de aplicaciones climáticas o la recepción de imágenes. Por ejemplo, para una campesina de Totonicapán (Guatemala), el acceso a una alerta de helada que salvaría sus hortalizas dependió de que los monitores locales utilizaran mensajes de texto SMS tradicionales dirigidos a su hija, para que esta le leyera sobre el peligro y las recomendaciones de protección para sus cultivos.

Las brechas en el lenguaje y el involucramiento de las mujeres en la toma de decisiones, así como en la generación de conocimiento, son otros retos a superar. 

Los boletines oficiales suelen redactarse en un lenguaje incomprensible para el habitante rural. Por ejemplo, dice Martínez, hablar de lluvias «por encima o por debajo de lo normal» no significa nada para quien necesita saber si mañana debe regar o no su cultivo.

Por otra parte, las mujeres rurales son, paradójicamente, las que más sufren la escasez hídrica y las que asumen la carga del acarreo de agua y cuidado de los cultivos familiares en ecorregiones como el Gran Chaco. Sin embargo, los sistemas tradicionales agrícolas y la transferencia tecnológica siguen diseñados bajo el sesgo del hombre como único jefe de hogar. Según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO, por sus siglas en inglés), si las mujeres agricultoras tuvieran el mismo acceso que los hombres a recursos productivos, sus rendimientos podrían aumentar entre 20 % y 30 %.

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En la última década, las mujeres productoras y artesanas de los bosques chaqueños de Argentina accedieron a Internet e incorporaron herramientas digitales para hacer frente a la crisis climática. Foto: cortesía Fundación Gran Chaco

Los expertos consultados para este reportaje también mencionan que en América Latina, los canales más eficientes de difusión de datos climáticos funcionan a través de colectivos organizados. Por ello muchos pequeños productores o pescadores independientes, que no pertenecen a ninguna asociación, quedan por fuera de las redes de alerta climática y de las capacitaciones, por lo que siguen siendo bastante vulnerables.

Además de desafíos pendientes, las redes climáticas comunitarias enfrentarán una inminente prueba de fuego que se escribe con el nombre de un viejo conocido de la región: el fenómeno de El Niño. 

Las agencias meteorológicas internacionales ya han advertido la alta probabilidad de que El Niño evolucione hacia un evento de intensidad histórica y severa, provocando sequías prolongadas o lluvias extremas, dependiendo de la región en Latinoamérica. 

Frente a esta amenaza, los datos comunitarios son la primera línea de defensa para amortiguar el golpe económico y social. En el Caribe mexicano, por ejemplo, los pescadores de langosta ya utilizan datos de temperatura costera para prever que el calentamiento del agua afectará la supervivencia del crustáceo en los viveros playeros, obligándolos a reubicar sus operaciones hacia zonas de mayor profundidad y menor temperatura. «Se trata de convertir la señal ambiental en una decisión económica», resume Stuart Fulton.

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