- Las mujeres indígenas y campesinas del Gran Chaco argentino enfrentan sequías, inundaciones y variaciones del clima extremas que afectan sus viviendas, animales y actividades productivas.
- Desde 2020, el acceso a internet permitió que más de 3000 productoras y artesanas incorporen herramientas digitales para adaptarse a esos cambios.
- La conectividad facilitó la comunicación entre 129 comunidades y fortaleció un sistema de alertas tempranas que combina información comunitaria, mapas y datos sobre lluvias y niveles del río.
- La red comunitaria también logró reducir por completo la pérdida de vidas humanas ante los desbordes de los ríos y responder anticipadamente ante una emergencia.

Por: Oscar Bermeo Ocaña
Este reportaje es parte del especial periodístico de Mongabay Latam sobre soluciones climáticas
Cuando era niña, la lideresa indígena wichí Norma Rodríguez se apoyaba en las palabras de su abuela para saber si venía la lluvia o la sequía. Su pronóstico, recuerda, no fallaba. Viendo el cielo o a partir de la dirección del viento podía anticipar lo inminente. “Ahora eso no es posible, cambió mucho el clima”, dice desde la localidad Lote 8, ubicada en la provincia de Formosa, al noreste de Argentina.
La variabilidad climática tiene amenazas concretas en su tierra, próxima a la frontera con Paraguay. Entre las más duras están las crecidas de los ríos Pilcomayo y Bermejo por el aumento de las lluvias, que devienen en desbordes que afectan viviendas, animales y cultivos de muchas familias del Gran Chaco, la segunda región boscosa más grande de América.
Para adaptarse a estos cambios, las mujeres han aprendido a observar y vigilar su territorio con nuevas herramientas: celulares, mapas, pluviómetros —instrumentos para medir las precipitaciones— y grupos de WhatsApp les permiten monitorear estos cambios en directo y alertar a las comunidades cercanas.
Este paso se logró gracias a la conectividad a internet y al programa Nanum Mujeres Conectadas que, desde 2020, promueve el uso de herramientas digitales en las mujeres del bosque chaqueño de tres países: Argentina, Paraguay y Bolivia. En total, el programa ha instalado 46 centros de conexión que abarcan 129 comunidades. Es decir, más de 100 000 personas de parajes aislados del Gran Chaco acceden actualmente a Internet gracias a estos centros.
Foto 1: En la última década, las mujeres productoras y artesanas de los bosques chaqueños de Argentina accedieron a Internet e incorporaron herramientas digitales para hacer frente a la crisis climática. Foto: cortesía Fundación Gran Chaco
“Identificamos que el cambio climático afectaba de forma diferencial a hombres y mujeres en esta ecorregión. Así surge Nanum Mujeres Conectadas para darles acceso a las TICs [Tecnologías de la Información y la Comunicación] y mejorar su resiliencia climática”, afirma Silvina Sampastú, directora ejecutiva de la Fundación Gran Chaco (FGCH), una institución que promueve la sostenibilidad de organizaciones locales en la región y que lidera en Argentina este programa de inclusión digital creado por la Fundación Avina.
En Argentina más de 3000 productoras y artesanas indígenas forman parte de la iniciativa. En cada capacitación aprenden a leer mapas, chequear indicadores de niveles de agua, comparar cuadros meteorológicos y comprender la información que resulta del monitoreo. “La tecnología hoy nos permite mirar todo el tiempo cómo crece y baja el río”, dice la lideresa Rodríguez.
Esas nuevas tecnologías fueron implementadas en lugares físicos que las comunidades ya usaban como puntos de encuentro. El 80 % de los centros instalados, por ejemplo, se acondicionaron en locales de mujeres productoras y artesanas, quienes eran las coordinadoras territoriales de sus comunidades. Actualmente el trabajo en Argentina está concentrado en las provincias de Formosa, Chaco, Salta, Santiago del Estero y Tucumán, impactando en los pueblos originarios wichí, qom y pilagá.
Como asegura la lideresa wichí Norma Rodríguez, el acceso también les ha traído beneficios sociales y económicos. “Nos ayuda mucho para poder comercializar nuestros productos, para organizar nuestros cultivos, comunicarnos con más personas y comunidades”.

Nodos tecnológicos
El programa para conectar mujeres tiene un antecedente importante. Entre 2013 y 2019, se desarrolló un proyecto similar llamado Nanum Village, apoyado por Samsung, en el que se instalaron los primeros centros de conexión comunitaria equipados con computadoras, tablets y otros dispositivos de acceso a Internet.
La dirigente qom Olga Aparicio recuerda cuando, en 2015, se abrió uno de estos centros en la localidad formoseña Vaca Perdida. “Para la comunidad fue una explosión”, dice.
Hasta ese momento, para tener señal y comunicarse con ONGs o técnicos que visitaban la zona, Aparicio debía trasladarse a Ingeniero Juárez, una pequeña ciudad ubicada a 60 kilómetros por un camino de tierra. Para coordinar reuniones con otras integrantes de la Cooperativa de Mujeres Artesanas del Gran Chaco (COMAR) enviaba notas hechas a mano. “La mandaba en bicicleta y la mujer, desde otra comunidad vecina, leía la misiva y enviaba su respuesta. Así nos organizábamos”, recuerda.
En 2019 se realizó una encuesta a 122 personas de la zona y el 92 % respondió haber accedido por primera vez a Internet a través de un Centro Nanum.
Conforme se abrían más centros, la comunicación iba fluyendo entre las mujeres de las localidades aisladas del Gran Chaco. Cada dos semanas, en estos espacios se organizaban encuentros de alfabetización digital.
“Se diseñó un programa de formación por competencias, en donde no se enseña desde la herramienta, sino desde el saber hacer”, refiere Sampastú. En términos sencillos, el proceso no se centró en aprender Word, Excel o a tomar fotos, sino, por ejemplo, en hacer censos para identificar las organizaciones que había en la zona, mapear las comunidades para precisar las distancias y usar las redes sociales para comercializar las artesanías que producían, entre otras funciones.
Junto con profesionales del área de Género, Sociedad y Políticas de la Facultad de Ciencias Sociales para América Latina (FLACSO), las comunidades vincularon las posibilidades tecnológicas con lo que sucedía en sus territorios.
“Aprendimos a usar la tecnología para que fuera útil para la comunidad”, dice Aparicio.
En las conversaciones entre pobladores y técnicos se buscó que el acceso y uso de esta tecnología atendiera también las dificultades vinculadas al cambio climático que enfrentan las comunidades. Sequías, inundaciones y vientos fuertes fueron identificadas como las principales preocupaciones.

Prevención climática
El lado occidental de Formosa es el corazón del Chaco seco: una zona semiárida marcada por largas sequías fuera de la temporada de lluvias. La falta de infraestructura sanitaria complica el panorama. Según un estudio de la Fundación Plurales, el 41 % de los hogares en las provincias que integran la región del Gran Chaco no tienen agua.
La escasez hídrica obliga a caminar grandes distancias para recolectarla. Y esa labor recae muchas veces en las mujeres, quienes además asumen las tareas de cuidado familiar y el mantenimiento de las huertas.
El río Pilcomayo es uno de los pocos cursos de agua en el Chaco semiárido. Sin él, esta región sería casi un desierto inviable para la producción y vida comunitaria. Pero, a su vez, es una de las principales amenazas para las comunidades aledañas.
Nace en lo alto de la Cordillera de los Andes, en Bolivia, y baja hasta la llanura chaqueña funcionando como una frontera natural entre Argentina y Paraguay. Sus cauces son muy variables, ya que depende en un 95 % de las lluvias en la cuenca alta. Esto hace que alterne temporadas muy secas con picos altos de caudal.
En épocas de sequía, el río pierde fuerza para mover la gran cantidad de arena y piedras que carga, pues transporta más de 120 millones de toneladas de sedimentos al año. Este material se acumula en el fondo. Cuando llegan las lluvias y crecientes repentinas, el río ya no tiene profundidad en sus cuencas bajas y se desborda afectando a las comunidades vecinas. Las inundaciones provocan cortes de rutas y caminos, pérdida de animales de granja, ganado y cultivos.
De ahí que, desde hace décadas, los habitantes de la zona hayan impulsado esfuerzos para monitorearlo. A inicios de los años 2000, ante la lentitud del gobierno nacional y las autoridades locales para responder a esta problemática, los pobladores, junto con el investigador Luis María de la Cruz y técnicos locales del Chaco salteño y formoseño próximos al Pilcomayo, empezaron a monitorear de modo artesanal su flujo.

“Al principio la comunicación fue a través de las radios comunitarias o por el sistema de salud. Alguien avisaba al enfermero que el río venía crecido, muy cargado o alguna característica anómala y él lo transmitía por radio a otros lugares”, describe el antropólogo Agustín Noriega, director territorial de la Fundación Gran Chaco, quien trabaja en la zona desde esa época. A ese esfuerzo lo llamaron Sistema de Alerta Pilcomayo.
Pero el método fallaba cuando la crecida sucedía de noche. Los avisos llegaban tarde, ya que las radios estaban apagadas a esa hora.
Otra dificultad era que no había mapas de las zonas de riesgo con precisión cartográfica. Por eso, desde 2015, la iniciativa trinacional Gran Chaco ProAdapt, coordinada en Argentina por la Fundación Gran Chaco, adoptó y tecnificó este esfuerzo comunitario y autogestionado.
Junto a geólogos, ingenieros y geógrafos, se estudió la dinámica del terreno, se desarrollaron mapas de riesgo hidrológico, se utilizaron imágenes satelitales para anticipar el movimiento del lodo y el agua y se distribuyeron nuevos pluviómetros a lo largo del curso del río.
Luego, gracias a la conectividad que llegó con los centros Nanum, la información climática se podía socializar en tiempo real a un mayor número de personas. “Todas las comunidades que están sobre el Pilcomayo ya tienen un sistema de alerta temprana, siendo las mujeres quienes tienen un rol protagónico en su promoción”, afirma Noriega.

Esfuerzo comunitario y transnacional
Al arrancar el día, Norma Rodríguez revisa su celular para ver los últimos reportes enviados en el grupo de WhatsApp Alertas Pilcomayo. Cada día, cientos de mujeres indígenas y campesinas de las comunidades aledañas al río y técnicos locales comparten fotos, videos y mapas del estado de las aguas.
“Hay gente de Bolivia, Paraguay y Argentina en el grupo. Entonces, si desde Bolivia avisan que el río está creciendo, la gente de nuestras comunidades se prepara”, cuenta la lideresa wichí desde el Lote 8, en pleno chaco formoseño.
El agua, afirma, tarda entre 48 y 72 horas en descender a las cuencas formoseñas. Por eso, tras una alerta, las mujeres movilizan a los vecinos para alejar a los animales de la ribera antes de que el caudal del río suba unos metros.
Ante un fuerte aumento de caudal, las poblaciones saben cómo actuar. En las comunidades más expuestas a los desbordes, el equipo técnico de Nanum ha impulsado planes de evacuación y relocalización. “Además del monitoreo diario, el programa tiene también una mirada climática de largo plazo”, señala Noriega.
De hecho, el Sistema de Alerta Pilcomayo tuvo su prueba más dura en febrero de 2018, cuando el río alcanzó su pico máximo de crecida y llegó a tener hasta 7.28 metros de profundidad en la entrada al Chaco salteño. En una temporada de lluvias normal, la profundidad puede llegar hasta 4.5 metros.
Ese verano, en todo el curso del río se evacuaron a más de 10 000 personas. Si bien los desbordes produjeron daños materiales, las alertas evitaron pérdidas humanas.

Las comunidades del Gran Chaco también cuentan con AdApp, una aplicación móvil —desarrollada por especialistas de la Asociación Cultural para el Desarrollo Integral (ACDI), aliada al proyecto— que comparte datos meteorológicos, anticipa eventos climáticos extremos y funciona de manera colaborativa. Varias mujeres cargan en la aplicación los registros de lluvia y disponibilidad de agua de su localidad tras revisar los pluviómetros instalados. De este modo, la información se retroalimenta continuamente.
Esta aplicación también ofrece recomendaciones climáticas para la actividad apícola, caprina y ganadera, como avisos de la llegada de heladas para proteger a los animales.
Este flujo y carga de información complementa la de los grupos comunitarios de mensajería (como WhatsApp y Telegram). Para fortalecer el alcance y la inmediatez, allí también se comparten los avisos del Servicio Meteorológico sobre la intensidad de los vientos y olas de calor.
Tecnología que potencia saber local
Para las mujeres wichí la artesanía es una salida económica y una práctica cultural milenaria. El insumo principal para sus productos es el chaguar (Bromelia serra), una fibra nativa que crece en esta ecorregión, pero ya no como antes. Las altas temperaturas han reducido los espacios donde esta planta crecía de forma natural. “El calor extremo la afecta. Hay días que superamos los 50 grados”, anota Rodríguez.
La pérdida de chaguar afecta también su independencia económica. Por eso, las mujeres indígenas y campesinas han buscado revertir esta vulnerabilidad mediante estrategias colectivas que se han fortalecido en los últimos años por el acceso a la tecnología.

Norma Rodríguez explica que la búsqueda de chaguarales —lugares donde crece el chaguar— se simplificó gracias al uso de mapas aprendidos en el programa Nanum Mujeres Conectadas. “Los mapeos nos ayudan a saber dónde hay algarrobos, dónde están las plantas para tintes o dónde encontraremos mayor cantidad de chaguares”, refiere.
En cada recorrido, las mujeres marcan con Sistemas de Información Geográfica las ubicaciones o coordenadas donde encuentran estas especies. Esas referencias les permiten hacer más eficientes y rápidas sus futuras búsquedas.
Asimismo, el saber con precisión cuándo lloverá les ayuda a decidir cuándo repoblar los chaguarales o sembrar sus alimentos. “Si vemos en las aplicaciones que habrá lluvia, sabemos que la plantación funcionará”, precisa la lideresa wichí.
A mediados de julio, por ejemplo, en el grupo de WhatsApp se reportaba un bajo caudal del río debido a las escasas lluvias. Por ello, Olga Aparicio y otros pobladores de Vaca Perdida decidieron sembrar sus productos para autoconsumo en los humedales.
“No crecía tanto el río y nos fuimos al humedal. Metimos rastras para ablandar el suelo y eliminar malezas, lo cercamos y sembramos las semillas. Pudimos cosechar bastante sandía, zapallo, choclo”, cuenta Aparicio.
El programa Nanum también les ha traído nuevos beneficios a las mujeres artesanas del Gran Chaco. Las herramientas digitales se han convertido en una gran ventana para dar a conocer su trabajo ancestral.

Aprendieron, por ejemplo, a sacar fotos y grabar videos del proceso completo para extraer los tejidos que utilizan de los chaguares. Cada paso de la confección de las prendas es registrado. Desde la separación de fibras, hasta el lavado, hilado y teñido. Ese material se sube en sus redes sociales para promocionar las creaciones de la cooperativa COMAR. El registro también lo hacen con sus tejidos a partir de lana de oveja.
“Conforme íbamos publicando, iban surgiendo más pedidos de distintas partes del país”, cuenta Aparicio. De hecho, el pico de conexión causado por el confinamiento durante la pandemia del Covid-19 intensificó el flujo de ventas de las artesanas de la cooperativa. “Tuvimos muchos encargos, reuniones virtuales, fue ahí donde incorporamos mejor la tecnología”, explica la artesana qom.
Actualmente son las mismas productoras quienes enseñan el uso de herramientas digitales en los centros Nanum al resto de la comunidad y afrontan los desafíos climáticos y económicos. Para Agustín Noriega, de la Fundación Gran Chaco, la resiliencia climática se concreta cuando las posibilidades tecnológicas son apropiadas por las comunidades. Y son ellas quienes las vinculan a sus actividades económicas y sus territorios.
“A fin de cuentas el manejo de todas estas herramientas facilita la gobernanza de las comunidades. Les facilita entender cómo están las cosas y también controlar el territorio”, sostiene.